domingo, 3 de noviembre de 2013

Crónica de NYC (Primera parte)

Sentimientos desde el norte

Un viaje puede ser una huida, un reencuentro. Puede conectar personas, romper alianzas o, simplemente, resultar indiferente. En ocasiones renueva lazos. En otras los rompe sin piedad. Pueden ser el comienzo de algo inesperado, o su fin inevitable. Es la fuga de lo cotidiano, de lo rutinario. Es una fuente constante de sensaciones, de vivencias, de reflexiones. Incluso puede representar un quiebre en la vida, o una suerte de fuerza ayudante para tomar las decisiones más duras. O tal vez sean simples viajes, y tan solo eso. Pero me niego a creerlo. Los viajes son increíbles generadores de sensaciones encontradas, de sentimientos chocantes, ya sea pisando otra ciudad, otro país u otro continente. No es necesario atravesar miles y miles de kilómetros. El viaje no está únicamente en cambiar de lugar físico, es un viaje mental, emocional y espiritual.

¿Cuántas veces intenté escapar de aquel problema viajando sin sentido? Miles. Miles de veces. Y nunca funcionó. Nunca hasta que tomé la decisión de que mis emociones y mis reflexiones viajaran conmigo. Abierta a encontrarme con sensaciones únicas, o con el aburrimiento absurdo de lo ya conocido. Con la expectativa de que mi alma se estremezca, pidiendo clemencia, agitada por pasiones indescriptibles, asombrada por el mundo exterior. Totalmente expuesta a lo que suceda o deje de suceder. Sé que corro el riesgo de frustrarme, de no encontrarme con nada de ello. De cruzarme con otro mundo gris, caótico y lejano como el propio. De caer en la inocencia total. De perderme en mi curiosidad prejuiciosa. Pero ahí estoy, tomando el avión, esperando que miles de olores, de sonidos y de imágenes se metan por mis poros y me quemen la cabeza. Buscando un mensaje del que no estoy segura, pero aún así ansiosa de encontrarlo. Es una esperanza que llega hasta los huesos.

De norte a sur, de este a oeste. Católicos, judíos, protestantes. Altos bajos, occidentales, orientales. El mundo está lleno de diferencias, de exotismos, de gente. El mundo está repleto de gente. Colmado de culturas, de conocimientos, de impresiones. Pero… ¿tan distintos somos?
 “El amor es universal”, dice esa frase que todos conocemos y que sigo a raja tabla desde que la escuché por primera vez. Por más diferencias que haya fragmentando el planisferio en mil pedazos, es el amor en sí, el amor a algo o a alguien, aquel que resulta nuestro denominador común. No lo que sentimos, pero sí la capacidad de hacerlo.

Existe una llamada “jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad”. Es una canción aunque parezca la venta de un paquete turístico. Todo en estas calles es alcanzable, mágico, cercano. En la noche, las luces te invaden como luciérnagas que se meten dentro de tu cuerpo, y el  pecho se te abre, se te llena de algo que no sabes bien qué es.  

A ese lugar sin comparación, donde lo desagradable se ve lindo. A ese lugar, donde la basura engalana y la multitud apurada es pintoresca. Donde hay mendigos con talento. Donde el ruido del tráfico es una sinfonía. A ese lugar elijo hoy. Abierta, disponible, frágil. Dispuesta a sentir cada parte de su aire, oler cada gota de su hedor, sentir, vivir sus maneras. Sin saber lo que pueda pasar, sabiendo que mis sentimientos están en jaque.

Es la Gran Manzana. La ciudad que nunca duerme. La Capital del mundo. La ciudad Imperial. La protagonista de miles de películas, de las canciones más emocionantes jamás inspiradas en una ciudad. La musa de miles de autores, escritores, intérpretes… quizás mi musa. Ojalá mi musa.


                                                                              ... PPA

No hay comentarios: