viernes, 1 de junio de 2012

Ebrios


Se me congelan las manos. Transpiro vergüenza. Escucho el gotear de la canilla. Monótono, seco, triste. Éstas cuatro paredes me ahogan, no lo puedo superar. Por un par de semanas ni entrar pude. Renunciaste en este maldito baño. Y me angustio tan solo de ver lo que dejaste ahí. Lo único de vos que aún me pertenece. Ahí quedo y no me animo a moverla, a tirarla, a guardarla, a tocarla… Así me mira con sus hojas oxidadas, tu nociva máquina de afeitar.
Primero pensé en usar el baño de abajo, todo para evitar entrar ahí, donde ese pedazo de plástico me corta el aliento, me sofoca, me anuda los pulmones, me nubla la vista. Me mira y me acusa. Es una locura. Lo único que pude hacer fue tirarle una toalla encima, como cuando tapo los cadáveres de cucarachas  que no me animo a levantar. Quise pensar que no estaba ahí, que no estabas ahí.
Cada vez siento menos mis dedos, ya no transpiro. Mis ojos se llenan de lágrimas. Inhalo, aún siento tu perfume. Exhalo, no me alivia. Y al fin comprendo: extraño cómo nos veíamos juntos. Extraño tu manía de dejar la canilla abierta. Extraño tu pelo enmarañado. Extraño tus chistes. Extraño tu voz. Extraño el ruido de tus llaves en la puerta. Extraño tu ebriedad, mi ebriedad, nuestra ebriedad. Extraño tu libertad. Extraño tus celos. Extraño tus ojos tristes. Extraño cómo te afeitabas mientras te preparaba un Fernet. ¿Por qué renunciamos?

-PPA

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