viernes, 30 de marzo de 2012

Nunca fui al psicólogo


Recuerdo haber sentido pena de mi misma.
Recuerdo haberme odiado. Un odio profundo y siniestro.
Recuerdo haberme sentido inferior. Una, dos, tres veces. Muchas veces. Demasiadas.
Recuerdo haber abrigado el terror en mí. Sentir el mundo en contra. Sentir que lo merecía. Pánico. Vergüenza.
Recuerdo haber llorado semanas enteras. Sentir mis ojos estallar. Aún lo siento.
Recuerdo haber dejado de comer.  De hablar. De creer.
Recuerdo haber pensado en hacer las cosas más horribles. Más denigrantes.
Recuerdo haber sentido que mi alma desaparecía. Ahogarme. Lastimarme.
Recuerdo haber convivido con fantasmas. Fantasmas vengadores de lo bello y lo perfecto. Dispuestos a bloquear mi voz, mi mirada, mis sueños adolescentes, mi vida.
Recuerdo haberme sentido la persona más fea del mundo. Nunca única. Jamás especial.
Recuerdo haber amado en soledad.
Recuerdo haber querido que me elijan. No ser la segunda opción. De nada. De nadie.
Recuerdo haber golpeado mi cara una y otra vez. Recuerdo el dolor.
Recuerdo haber querido ser otra.

¿Por qué me hice esto a mi misma? ¿Por qué dejé que pasara?
El deseo de una venganza es ineludible. Atestada de resentimiento. Sedienta de paz interior. No es sangre. No es dolor. Va más allá de eso. Es más profundo, menos visceral.
No sabían lo que hacían. No sabían el valor de cada palabra que metieron en mi cabeza. Tal vez es injusto. Pero si no fueron justos conmigo, ¿por qué ser justa con ellos?

Recuerdo estar viva. Recuerdo amar. Recuerdo reír. Recuerdo soñar. 

-PPA

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